Historia del Homenaje Racial a la Guelaguetza

El 25 de abril de 1932, la ciudad de Oaxaca celebró el IV Centenario de haber sido elevada a la categoría de ciudad. Para conmemorar esa fecha se elaboró un intenso programa de actividades, y la expectación y el gozo recorrieron sus calles durante las dos semanas de festejos, contagiando no sólo a los citadinos sino, también, a diversos grupos del interior del estado.

EL HOMENAJE RACIAL

El número principal de los festejos del IV Centenario fue el Homenaje Racial, un actividad en la cual los organizadores pusieron no sólo todo su empeño sino también plasmaron muchas de sus ideas con respecto a su ciudad y a la población indígena del estado.

El Homenaje Racial fue la representación de una obra en tres cuadros, en la que los indígenas serían los actores principales, puesto que llegarían a la ciudad para rendirle pleitesía. El libreto fue encargado al Dr. Alberto Vargas, en cuya redacción también colaboraron Policarpo T. Sánchez y Alfredo Canseco Feraud, y que se enriqueció con las ideas propuestas por algunos otros intelectuales. Una de las primeras acciones planeadas y llevadas a cabo fue la elección de una mujer que representara a la ciudad de Oaxaca:

debía de ser una hermosa doncella morena, de andares solemnes,
esbelta de porte, difundiendo felicidad con sus miradas; se necesita
que interprete en lo posible que Oaxaca se siente digna y satisfecha
por sus tradiciones y sus glorias, que tiene concepto cabal de su
destino y que habrá de resolverlo a fuerza de cooperación y
solidaridad; que se regocija de ver y recibir a sus hermanas, las
regiones del Estado, porque sabe que ello es educar en el sentido
del acercamiento, de comprensión, de verdadera fraternidad
(Vargas, 1932:10).

El 16 de abril, Margarita Santaella fue proclamada Señorita Oaxaca. Con ello, la ciudad quedaría representada por una joven perteneciente a una importante familia oaxaqueña. En la representación de la ciudad otorgada a Margarita Santaella, el imaginario de las clases dominantes tomaba forma. No se trataba que fuera cualquier persona, sino aquella que pudiera efectivamente mostrar que la ciudad tomaba un rumbo hacia el desarrollo, de acuerdo con los nuevos tiempos políticos, en donde lo indio sería superado a favor de un mestizaje, de una raza cósmica que refundara la nación. Por eso, los festejos por su elección no se hicieron esperar, y la inspiración de poetas y músicos tampoco:

Diosa sublime, flor de Antequera,
Virgen ingenua, casto querube,
se siempre digna, pura, hechicera,
como las linfas del lago azul.
Gentil belleza que en el combate
plugo al destino ser Huaxyacac,
que en tus encantos fresca retrate
la honda castalia de Atoyac.

Pero si en la ciudad la elección de la Señorita Oaxaca causó animación en diversos sectores, los distritos no fueron la excepción, ya que también en ellos se elegiría a una joven. Las regiones quedarían finalmente representadas por aquellas mujeres que hubieran obtenido el mayor número de votos entre el total de los distritos adscritos a cada región. En cada cabecera distrital se integró un Subcomité Racial, en el que las jóvenes que así lo desearan inscribieran su candidatura.

Los preparativos para la realización del Homenaje Racial fueron diversos; entre éstos estuvieron la construcción del escenario, en el cerro del Fortín, que corrió a cargo de la Comisión de Ingeniería del Comité de Festejos.

La tarde del 25 de abril, fecha en que la ciudad conmemoraba los cuatrocientos años de haber sido elevada a la categoría de ciudad, fue el momento en que se llevó a cabo el Homenaje Racial. Un conjunto de símbolos del mexicanismo y el localismo convergieron en el espectáculo, imprimiendo de este modo a los oaxaqueños un sentimiento regional vinculado estrechamente al nacionalismo emergente en el país.

El programa inició cuando el gobernador del Estado izó la Bandera Nacional en el lugar y un orfeón de mil voces entonó después el Himno Regional Socialista; enseguida, alumnas de la Escuela Normal realizaron una tabla calisténica y, posteriormente, los alumnos de las escuelas hicieron su juramento de fidelidad a la ciudad.

Inició con una obertura, que era el resumen de todas las melodías que se ejecutarían en esa tarde; posteriormente, hizo su aparición el cortejo de la Señorita Oaxaca, encabezado por los heraldos y seguido por las Siete Diosas de la Fraternidad, una por región, acompañadas por Siete Espíritus del Bien. Apareció detrás de ellos la Señorita Oaxaca, vestida con un huipil blanco con algunos bordados73. Llevaba como tocado un lirio morado, semejante al que lucía el escudo de la ciudad, en recuerdo del que adornaba la cabeza de la princesa zapoteca Donají.

Finalizó el cortejo con un contingente de "típicos" charritos y "rumbosas" chinas oaxaqueñas, "cubiertas de oros y sedas", bajo los acordes de la canción popular “El Nito”.

El segundo cuadro fue dedicado al desfile de las embajadas de las regiones del estado. Inició con la entrada de los mixes, quienes iban precedidos por un cartel en que se leía "Los jamás conquistados". Siguió con el desfile la Sierra Juárez, que a su entrada lanzó papeles al aire con la leyenda "El respeto al derecho ajeno es la paz".

"Es Oaxaca, tu cielo de zafir...", la letra de las Mañanitas Oaxaqueñas, fue el tema que preludió la aparición en escena de la embajada del Valle, que representó una guelaguetza ofrecida en una boda, como "símbolo de las costumbres típicas del Valle". Al término de éste, los presentes se quedaron quietos mientras se entonaba la melodía El Cántaro de Coyotepec, a cuyo término hicieron su aparición los danzantes de la Pluma, llegados de Cuilapan de Guerrero. Los vallistos depositaron a los pies de la Señorita Oaxaca productos de su región; barro de Atzompa, textiles de Teotitlán, cántaros de Coyotepec, cuchillos de Ejutla, flores, canastas y pan de Tlacolula, y frutas. La Cañada y la Mixteca llegaron juntas depositando ante Oaxaca "todo el trópico lleno de vida y de naturaleza".

Los mixtecos llegaron tejiendo sombreros de palma, y la Cañada representó una pelea de gallos; fueron estampas de ambas regiones "proyectadas en esta auténtica y grandiosa película oaxaqueña"81. El desfile de delegaciones terminó con el Istmo, que entró a los acordes de La Sandunga y derrochó "embriaguez de color y de luz. Cálida palpitación de vida, de vida en el cuerpo y de vida en el alma".

El Homenaje Racial llegó a su fin en el tercer acto, cuando la Señorita Oaxaca entregó cada una de las Diosas de la Fraternidad y de los Espíritus del Bien uno de los listones de colores que caían de su cetro, para que los llevaran a las representantes de las embajadas. Los Espíritus y las Diosas bajaron al centro del escenario, se ubicaron frente al teocalli y encendieron los "pebeteros de Amor". Posteriormente, abrieron las puertas del templo prehispánico y de él salieron palomas blancas que simbolizaban "el alma de la suave provincia que va a las regiones todas del estado, a llevarles un beso de amor".

El final del espectáculo fue la interpretación del Himno a Oaxaca, compuesto expresamente para la ocasión. Con ello terminaba el Homenaje Racial a la ciudad, una fiesta "de simbolismo, color y luz", como la denominó el periódico Mercurio, un "profundo homenaje: riqueza y poder", que "estremeció de emoción a más de 15 mil espectadores".

LA GUELAGUETZA


Entre 1930 y 1950 los Lunes del Cerro no tenían un programa fijo, cada año se integraban distintas actividades: danzas de las regiones del estado interpretadas por estudiantes de la ciudad; homenajes y escenificaciones inspirados en deidades, héroes y heroínas del pasado prehispánico (muchos carentes de sustento histórico); concursos de canción popular; ferias de productos; eventos deportivos y tablas gimnásticas.

A partir de 1951, funcionarios y empresarios locales buscan dar mayor proyección turística a la ciudad. En un afán de presentar “auténticas costumbres”, invitarán cada año a contingentes indígenas de algunas comunidades a presentar bailes y trajes regionales. En 1956 se le empieza a nombrar “Guelaguetza”, término que en realidad se refiere a la costumbre de los pueblos zapotecos de ayudarse unos a otros en momentos clave de la vida (el nacimiento, la boda, la muerte). Con todo esto, se da un barniz ‘indígena’ a lo que a todas luces es un festival urbano.








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