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En aquellos tiempos nuestra ya no tan tranquila ciudad de Oaxaca carecía de alumbrado y estaba como la noche que el Presidente López Mateos inauguró la luz de Temascal: a oscuras. Y por el rumbo del convento de Las Capuchinas “de arriba”, es decir por La Soledad, por lo que hoy es la Avenida Morelos, y cerca del templo de San José, ocurrió un suceso digno de relatarse:

Comenzó a hablarse por el barrio entre las gentes de buena fe y timoratas, de un espanto que solía aparecer por el callejón de la Soledad: era –decían las monjas que pasaban algunas noches haciendo “vela” por penitencia - un chirrido, como el de una pesada carreta que pasara sobre el empedrado de la angosta callejuela. Otra, una tal doña Nila, vieja santurrona, juraba haberse asomado a su ventana, para contemplar horrorizada –antes de caer desmayada, por supuesto, según certificaron sus hijos- que se trataba de una carreta cubierta hasta todo lo alto con negros crespones, arrastrada por negros bueyes y conducida nada menos que por la mismísima muerte cubierta con blanco sudario…

Tema obligado fue desde entonces en Oaxaca lo de la “Carreta de la muerte” y los trasnochadores evitaron en rumbo y las gentes se metían temprano a casita, bien atrancadas las pesadas puertas para dedicarse a sus rezos, y se cuenta que hasta el capellán del convento intentó conjurar, organizando una procesión todos los viernes llevando una imagen de Jesucristo cargando su cruz con ayuda del Cirineo hasta una ermita que quedaba exactamente con el número 8 de la hoy avenida Morelos, recorriendo a su paso el callejón tenebroso donde se decía aparecía el espanto… Desde entonces se llamó a la que hoy es 3ª de Morelos “Calle del Cirineo”.

No por las procesiones y los ruegos dejó de aparecer aquella macabra visión; los arriesgados cruzaron apuestas y muchos sufrieron desmayo y susto (que a más de alguno ocasionó irse a la tumba) porque la “Carreta de la muerte” seguía apareciendo por el rumbo y hubo tema para sacudir aquella vida tranquila de nuestros bisabuelos o tatarabuelos, junto con las consejas del “Perro Negro”, la “Matlazihua” y otras…

Un buen día llegó a encargarse del gobierno de la ciudad un corregidor de la estirpe de muchos españoles: aventurero y audaz que, emulando a Don Quijote cuando tuvo que enfrentarse a peligrosas aventuras, quiso salirle al encuentro, cuerpo a cuerpo a la temible “Carreta de la muerte”.

El Cuerpo de Policía (la que “siempre vigila”) entonces se componía de siete alguaciles (aunque en verdad eran seis porque uno estaba únicamente pintado de azul en la puerta de la cárcel para “apantallar” a los pobres presos) fue alertado por su Excelencia, quien al frente de ellos se planta una oscura noche en un tétrico zaguán de la famosa Calle del Cireneo a esperar el momento terrible de la aparición…

A la “hora pasada” comenzó a escucharse el macabro crujido allá en la oscuridad del callejón… y cuando se aproximaba, el valiente funcionario (como hoy hay muy pocos), bastón en mano y resolución temeraria, salió al encuentro del horrendo bulto y exclamó con estentórea voz:

“¿Quién vive? ¿Quién sois? ¡Responden u os acometo!

Tan decidida actitud dio un resultado súbito:

El carretero, un conductor émulo de aquel Martín Garatuza que iba vestido de blanco, cubierto con una sábana y pintarrajeado de “calaca”, salto de su chirriante carreta y arrodillándose ante su Señoría e intentando besarle la mano dijo con ladina y fingida sumisión:

“Soy su humilde servidor, Señoría…”

El corregidor había destruido la leyenda de la horrenda “aparición”; en verdad no era una carreta de “carbón” que llegara temprano a la ciudad para su expendio, sino mercancía de contrabando que introducían pícaros comerciantes prósperos de Oaxaca para evitar pagos al fisco, tal como ahora. (Oaxaca en México, núm. 36, julio de 1964).

A pesar de esto, actualmente hay personas que aseguran que por el barrio aun suena aquella carreta...

Recopilado del libro: Leyendas Mexicanas, volumen III. Autor: José Rogelio Álvarez
Editorial: Everest, S.A.

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"Tierra de dioses que Nunca Mueren"
2011

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